miércoles, 5 de diciembre de 2007


I

Y si querés jugar, jugamos.

Y si querés girar, giramos.

Enredadas en las ramas de aquel día,

de todos estos días.

Con todas estas hojas

una guirnalda te regalo.

Una soga que nos ate que nos una.

Dormí,

te besaré los párpados,

y te lloraré de temor.[2]


La pierna cargada sobre el hombro y desde ahí el tironeo para que el tobillo se dejara llevar por la mano hasta que el empeine se trabara en la nuca. Como los bichos-bolita cuando quedan patas para arriba y parecen tener convulsiones, incapaces de estirarse o enroscarse de una vez por todas, una costra-persiana que se articula: se abre y se cierra, se abre y se cierra. Así nos veíamos nosotros. Sentados y acostados, nos revolcábamos en el pasto y gemíamos intentando ser una bolita que tuviese su espalda contra el suelo y las dos piernas cruzadas detrás de la cabeza. Ser el primero en lograrlo era el catalizador directo a su predilección. Que me salga a mí, que me prefiera a mí. La piel se iba llenando de escamas de transpiración, era febrero, la estación de sol más seco. Un febrero que resquebrajaba y una contorsión inhumana o sólo digna de circenses rusas, humedecían los pentágonos de perímetros blancos que la sequedad dibujaba sobre la piel. Nos reíamos y quejábamos incómodos, pero seguíamos intentándolo, agotándonos un poco de los jejenes y de hacer el ridículo. A los diez años competir y claro está, triunfar, habilitan morderse el labio inferior y decir “qué hambre…”, con la misma robustez con la que se camina. Sos tosco, pero ¿por qué?, porque sos Grande. A mi me gustaba usar ropa negra, toda negra y achinar los ojos cuando escuchaba "Algo mejor" de la Cantilo en el walk-man. Me había comprado el cassette con mi plata y Fabi aparecía en la tapa sinuosamente apoyada en una columna; labios bermellón y vestidito tornasol de lentejuelas. Evidentemente yo ya era muy grande. Y era brutalmente inestable, pero dócil al movimiento. Mi cuerpo había cedido, fui el primer bicho-bolita. Le gané a la machona de Costi, a las hermanas Hoffman y a Lisandro, el goleador. Se acercaron a verme, poco podía moverme yo, sólo agitaba los brazos e intentaba recuperar mi cuello, que había quedado perdido entre los dedos de los pies. Las piernas me envolvían el cuerpo y yo hubiese podido envolver a quien se recostara sobre mi torso. “¡Una cunita!” festejó Fer Hoffmann y haciendo presión sobre mis isquiones, me meció. Nos reímos.

Willy no. Tampoco dijo algo. Él miraba, me miraba en silencio desde el cielo. Anudada y al ras del suelo, se me hacía aún más alto, más blanco, mas frentón y más pelado. Pelo tenía, era oscuro y lacio, pero poquito y traslucía un cuero cabelludo blanquísimo. Cejas tupidas y una barba bacheada completaban el mapa capilar de algo parecido a un gato de plaza. Sus ojos eran dos líneas de las que se prolongaban unas buenas pestañas, que contrarrestaban, aunque mas no fuera por ilusión óptica, su tamaño chiquitito. Recuerdo su mirada tranquila y húmeda, de ojos con sueño. Nunca se le veían los dientes cuando sonreía. Nunca le vi la panza tampoco, no se metía al río con nosotros, aparecía cuando el sol ya no picaba sobre los hombros, cuando la gente se iba del club y nuestros papás aprovechaban para volver a las canchas de tenis. Era una buena hora. En los juegos ya no quedaban chicos y no teníamos que pelear por las hamacas ni esperar turno en el subibaja. Los cangrejos salían entre las piedras y nadaban para atrás, ahora que los bañistas estaban en retirada y nosotros tras su cacería. Y de tanto en tanto, en el río, lo más lindo: un rise, espiral infinito de hongo atómico sumergido, una trucha saboreando una ninfa. Cuando las sombras de los álamos se volvían más largas, Willy aparecía. Aquella fue la primera tarde.


II


Al club El Biguá llegamos cuando sus únicos socios eran los vitalicios, algunos pocos señores con gorras mitad de tela mitad de red, silenciosos y panzones convertían la violencia de un látigo en ritual de seducción de una caña. El Biguá es un pájaro pescador, un club de pescadores que daba la espalada a las instalaciones porque todo lo que importaba estaba frente a sus ojos: el río. Mis papás y sus amigos venían del Polo club, donde el tenis se había encargado de unirlos como clan desde el ochenta-y-algo, pero ahora nos parecíamos más a los gitanos, nación sin territorio. Después de Malvinas, el ejército había cedido las tierras donde funcionaría el Polo club hasta la llegada de los noventa, Menem y la venta del terreno a la cadena de hipermercados Jumbo, que no invertiría hasta hace poco años atrás. Durante once años vimos como las canchas de tenis eran devoradas por los xuxos, como el viento se adueñaba del quincho y desparramaba la paja de su techo cerca de la pileta, para entonces caldo de cultivo de mutantes de pantano. Se organizaron marchas y campañas, hasta un pernocte en el club. Era el pueblo inventado de tantos veintiañeros que se habían ido al sur con pocos días de casados, una casa chiquitita y el deseo una familia.

Aún conservo la tapa del Diario Río Negro, donde aparezco sosteniendo una bandera del club. 12 de septiembre de 1992: aniversario de la ciudad y día del maestro neuquino, mamá estaba de viaje celebrando con sus compañeras, papá era el encargado de vestirme y peinarme para el desfile de la escuela de tenis. Yo odiaba el deporte, pero poco me gustaba más que mi pollerita tableada blanca. Me dieron un remera azul tan larga que asomaba por debajo de la falda y apenas se detenía antes de tapar los dos nuditos de mis pernas que intentaban merecer el nombre de rodillas. Luego de un intento fallido de trenza, de mis lágrimas y su sentimiento de culpa, papá salió a comprar una bincha blanca que a un lado tenía un volado con antenas o tal vez un moño, un conejo de tul, o un sombrerito de carilina, lo que fuese, pero horrible; la puso detrás de mis orejas y a otra cosa. Mi pelo era una cortina de fideos caseros secándose en el respaldo de una silla. Sorprendentemente, los rulos aparecerían cuatro años después, un día de humedad, de cientos de gotas flotantes, de millares de puntos suspensivos en el aire; los adultos explicaron: cambios típicos del crecimiento. Cuando mamá regresó y vio el diario no paraba de repetir “¡Pero Jorge…!”. Me veo de perfil, nariz tobogán, sonrisa con agujero, los ojos atravesados por una garuba de pelos, y la remara azul, por encima y por debajo de mi pollerita. Iba adelante por ser la más chica, fundamento que sonaba poco lógico para mí: si tenía que llevar la bandera y caminar primera. “La más chiquita” ja…! A los seis años era Miss Universo es su sentido más literal, como una heroína galáctica avanzaba por la avenida con la bandera colonizadora en que flameaba un mensaje de fin de hostilidades: “El club es de los socios”. Pequeños pasos para la humanidad, grandes para mí. Ornitorrinco versión Claudia Schiffer, Niño de Cobre y Mahatma Gandhi que a la gente debe haberle resultado simpático porque sonreían y zamarreaban sus manos al borde de que un diente o dedo se les despegara del cuerpo y terminara enredado en mi tocado. Sus caras extasiadas no me gustaban, por eso me concentraba en mí y en el desfile. Mi papá no había logrado quitarme mi bijouterie favorita: alrededor de 20 cuentas de plástico formaban una radiante gargantilla de perlas verde flúor. En tenis, nadie me llamaba por mi nombre; Dulio, mi profesor de un ojo celeste y otro marrón -mago, extraterrestre o duende- me había bautizado Filomena y lejos de molestarme, sonaba a elegantísimo nombre artístico en mis oídos.

Finalmente no quedó otra que asociarse al Biguá que sólo contaba con un canal, un bosque y un brazo del río. ¿Dónde estaban las confiterías, los caballos, la pista de bicicross, los juegos, la pileta de los grandes, la pileta de chicos, las chanchas de fútbol, voley, jockey y donde estaba la arcilla naranja en la que haría tortas mientras mis papás disputaran uno sets o desfilaría con mi collar? En el Biguá dejamos de ser Filomena y el tenis; para encontrarnos, Lucía y el río Limay.

III

No recuerdo cómo llegamos a esa parte del club a la que nunca íbamos, era el fondo, en el triángulo que formaban el paredón, el río y el estacionamiento; pero ahí nos veo sentados un poco en ronda un poco por doquier. Estoy segura que Costi le habló primero, ella tenía doce y siempre hablaba con chicos, pero no podía controlar su masculinidad, siempre terminaba atajando en “El 25”. Willy no podía ser un chico... es que para mi no existían “los chicos, sólo mi papá, mi hermanito, los señores y los varones. Nosotras éramos cuatro y también estaba Lisandro, él, un varón de once años y aún inofensivo (pero increíblemente hormonal al verano siguiente). Yo tenía diez y lo único desarrollado en mi cuerpo era mi pelo, los rulos, como tirabuzones de plastilina, no dejaban de crecer desordenadamente; 3 años más tarde, en el baño del club una chica me acorralaría diciéndome “¡Vos nenita, dejá de hacerte la stripper, siempre en malla y con esos pelos!”. A mi me gustaba hacer medialunas, sabía hacerlas con una mano mientras con la otra sostenía un torpedo de frutilla, caminaba como araña formando un puente con mi espalda y hacía la vertical en el agua. A todo esto empezamos a jugar con Willy. Él sabía hacer el rondó fiflá y ese nudo corporal metamorfosis a bicho-bolita que nos enseñó. Y así terminé yo aquella tarde, con una bikini de moñitos a los costados, hecha un monigote de pelos y piernas contra la nuca y mi cola en su mayor extensión. Nos reíamos, Willy no, sólo me miró en silencio. Ese día empezamos a ser amigos. Mi primer amigo grande… Willy Willy Willy… como la ballena, y esa canción... hold me/ lara la laaara/ love me and free me/ lara la laaa, de Michel Jackson.


IV


Haz decido encarcelar mi lengua
y me pedís que la inmovilice.
Que no te hable una vez más.
(Que no te bese una vez más)
Si esto es una tregua voy aceptarla,
pero esta no es una bandera blanca
porque no es paz.
No hay paz.
Esto no es una bandera blanca,
no es una paz vencida,
porque en mi no hay paz.

Pido pido,
pero sigo jugando.
Y espero cerca de las sogas,
para ahorcarnos un rato
hasta probar la asfixia:
Para que no entre más aire ya.
Para estallar.

Y espero cerca de los aros para dar vueltas
hasta marearnos.
Para perdernos
hasta chocarnos,
rasgarnos la piel y encontrarnos.

Pero no te espero a vos,
ni a vos,
ni a vos,
ni a vos.
Yo espero al día
que se atreva a agitarme,
a desenredarme,
a tirarme de un brazo y sacudirme
como a una serpentina
.[3]


Willy, a su respiración, mi latir. No tengo sus palabras de cuando yo tenía once años, sólo imágenes de veneración. En los recuerdos el lenguaje cancelado me niega las respuestas. “¿Vos cuántos años tenés?” “¿Y tu mamá dónde está?”. Willy era inmensidad. Yo subía la torre de toboganes, llegaba al azul, el más alto, pero no me deslizaba por él. Willy me hacía volar. Yo pasaba las piernas sobre baranda y la tomaba por detrás arqueando mi cuerpo como una vela. Ahora él me veía en el cielo, y cuando extendía los brazos yo saltaba. Cediendo a la gravedad y desafiando a la desintegración, tragaba nubes a carcajadas hasta que él me recibía. Para la llegada del otoño Willy ya era mi héroe. Un domingo, mi hermanito Martín, él y yo jugábamos a cazar cangrejos. Los socios oportunistas del sol, esos que sólo van al club en verano, ya no estaban, por eso el río era todo nuestro, los cangrejos todos nuestros. Atraparlos era una tarea complicada, había que encontrar las cuevitas en las grutas de la orilla. Una vez localizado el bunker había que hacerlos salir porque con meter la mano ya esta comprobadísimo que sólo se ganaba una tenaceada. Los cangrejos nadan para atrás, abriendo y cerrando su cola y es difícil agarrarlos porque su reversa escurridiza es hipnótica. Zigzagueaban marcha atrás y nuestras manos se lanzaban con desesperación en una persecución cara a cara con la presa, los ojos del cangrejo clavados en los nuestros. Adivino que esta fue la razón por la que mi hermano cayó al río desde la barranca aquella tarde. ¡Por suerte estaba Willy! Puedo asegurar que charlábamos, pero no recuerdo una sola palabra. Sí retengo el registro de su voz, porque algunos años más tarde, sería yo la que se negase a contestar sus preguntas.


V

Esta vez era un sábado a la tarde, pero igual de solitario. Mi hermano y yo jugábamos a los recolectores de hojas. Las blancas de los álamos, las chiquititas de los aromos, las puntiagudas de los pinos, las estrellas canadienses, serían un colchón de hojas en el que flotar. Apareciste y sumábamos tres: “¿Jugamos a la mancha?” La mancha de las hojas, la regla es simple: se toman hojas, todas las que se puedan sostener entre los brazos y se corre hasta alcanzar con ellas a la víctima escogida. Me enrosco entre los troncos para que la lluvia de hojas no me empape. Mancha yo, mancha vos. Pido no vale. ¡Aaahhh me estás por alcanzar! Me dejás escapar. Martín no importa, tiene siete años, presa fácil. Yo, once; los cumplo el tres del tres. Sí nací el 03- 03 del 86 y me gusta cantarlo al ritmo del 03 -03-456 de Raffaella Carrá. Soy pisciana, criatura del agua y las lágrimas. Martín daba vueltas como un trompo, vos me corrías y cada vez quedaban menos hojas entre tus manos.

Dejaste de dejarme escapar. ¡Mancha! Tus brazos impactaron contra mí y aullé, en mi pecho eclosionaron las hojas y me caí, vos me tiraste y yo me reí. Mis carcajadas rebotaban entre tus rodillas. No podía zafarme, me tenías entre tus piernas. Yo era río, vos un puente sobre mí. Arrancabas pasto, juntabas más hojas y me cubrías. Me lo tirabas todo encima. Me hacías cosquillas, yo tenía tantas cosquillas… ahora no, ahora me duelen, no me gustan, me dan miedo. Me lastiman. Tus cosquillas me cerraron los ojos y abrieron mi boca; me dejaron sin aire. Las hojas empezaron a rasparme cerca del ombligo, después contra las costillas. Tu peso aplastaba mis entrañas, tus piernas oprimían mi caja torácica. Sentí que mi cuerpo era una hoja que tus manos destrozaban, resquebrajaste mi piel, desmenuzaste mis huesos. ¿Por qué me duele? Todo crujió. Abrí los ojos, ardieron al verte, los tuyos estaban aún más abiertos, tu boca inmensamente abierta, tu cara horriblemente inmensa. Horribles tus manos debajo de mi remera. Ya no había hojas, no había nada entre tus manos y mi torso. No había nada en mi torso. Estas no son cosquillas. Esto me duele, me lastima, me da miedo.

Me fosilicé.

Como un relámpago y un trueno, el “¡Salí!” llegó tras tu desaparición, los brazos de Martín te empujaron desde el hombro derecho y te extinguiste por la izquierda.

Qué hijo de puta...

Criatura del agua y las lágrimas. Mi mamá intentaba lavarme la cara, lavarme las lágrimas. Iba explotar de tanto llorar, roja de sangre, roja de herida. En el baño de jabón manoseado con grietas negras incrustado en una manija, mi mamá juntaba agua en sus palmas y me la volcaba. El chorro rebotaba contra el lavamanos rosa viejo y me mojaba. Todo el agua que cabía en sus manos me la volcaba. Oprima mis párpados y el estanque de mis retinas rebalsaba; temblaba y deslizaba sus manos desde mi sien deformándome. Me lavaba y limpiaba y lloraba y me mojaba. Mi piel entera en alerta, todos sus poros estimulados. Hacía tanto frío.

Mi hermano se encargó de contar la historia; envalentonado por su protagonismo narraba con un entusiasmo al borde de la tartamudez. Tanta efusividad para que hoy no se acuerde de nada. La versión de mi mamá se escurrió por el lavamanos rosa viejo. A mi papá lo vi salir, pero no sé adónde. ¿Y adónde fue Willy?

Un ventoso septiembre despeinaba nuestros dieciséis años allí sentadas en la plaza. Con Belén repasábamos los ya gastados detalles del amor, esa incesante manía de hurgar en lo más fino de las percepciones para descubrir si me quiere mucho, poquito o nada. Un diálogo que reproducía miles: y entonces le contesté / no pudo sostenerme la mirada / volvió a llamarme / en el recreo no me saludó / ¿le mandó un mail? / ojalá salga. “Lucía” mis ojos se abalanzaron sobre esa palabra. Mi saliva se secó y mis labios se sellaron arrugados como los de un muerto que jamás escuchará el responso. La agarré de la mano a Bel para que desapareciera conmigo. La voz se distorsionó: “Loucía neosotros nos conaoceemos. Qué gruaande que estoás. Souy Wi..l..ly…” Escribiste tu nombre, aún te leo en piel, siento tanto haberte sentido. Te temo. Te odio.




Cuánto lo siento

Ahora que lo siento

Y cuánto te siento

Ahora que lo siento

Cuánto siento no haberlo sentido

Y cuánto siento ahora que lo siento.

Cuánto te siento ahora que yo lo siento

Ahora que te siento

Ahora que siento

Cuánto lo siento

Cuánto te siento y cuánto te pienso

Y cuánto no quiero pensarlo

Y cuánto me siento pensarte

Cuánto te deseo

Ahora cuánto lo siento.


Y cuánto siento desearte.

Y cuánto deseo sentirte. [4]



VI




Verde, que me quieras verde
algas en el pelo
hojas en las uñas
césped en los pies.
Verde, que me quieras verde
lagunas en los ojos
pantanos en el alma
líquenes en la piel.
Que me quieras...
Que yo te quiero
verde francia, patito y carmín
.
[5]


El lago Nahuel Huapi da a luz al río Limay. Su naciente es amplia, pura y fría como el azul. Recorre la provincia, dejando atrás los bosques para contornear las mesetas de la estepa. La vegetación se pega al suelo esquivando el viento seco y su caudal se va agotando hasta el encuentro con un nuevo afluente. Cada uno le regala un pigmento diferente, entonces llega un poco amarronado, violacio, a-zu-lado. Siempre verde. Desde el norte desciende valiente y escandaloso, el profundo río Neuquén, que cede su nombre a mi ciudad: punto de encuentro, lugar de fusión, confluencia de los ríos Limay y Neuquén. La leyenda mapuche cuenta que Neuquén (fuerza) y Limay (luz) eran hijos de dos caciques tribales, uno del norte, el otro del sur. Los jóvenes tenían una soldada amistad que comenzó a resquebrajarse el día que desde las frondas de los arrayanes oyeron una voz que cantaba. Hipnotizados llegaron a la orilla de un lago, donde hallaron a Raihué (flor). En el viaje de regreso los dos jóvenes notaron que algo se había introducido en sus almas y desde entonces se distanciaban cada vez más. Preocupados, sus padres consultaron a la Machi (adivina) y comprendieron que se trataba de un amor compartido pero disputado. La Machi buscó a Raihué para preguntarle qué era lo que más deseaba, “tener una caracola para que me susurre el mar”

contestó la mapuche. Y este sería el desafío de los jóvenes para ganar su amor. Consultados los dioses, convinieron que lo más rápido para llegar al mar sería convertirse en ríos. Así lo hicieron y partieron desde sus respectivos reinos. El viento sintiéndose desplazado comenzó a intrigar a Raihué, susurrándole por las noches que Neuquén y Limay no volverían nunca más. Un mes, cuatro lunas, pasaron desde que los mapuches se marcharon y aún el mar estaba lejos. Raihué, marchita de pena se arrastró hasta el lago donde había conocido el amor y alzando los brazos a Nguenechén (dios) le ofreció su vida a cambio de la salvación de los jóvenes. A medida que rezaba sus pies se convirtieron en raíces y su boca se abrió en flor. El viento, que no lograba torcer sus cauces para que regresaran, sopló dolor. Al enterarse que Raihué había muerto de amor por ellos, se abrazaron y allí nació el Río Negro, río de lágrimas que llega al mar.


Crecí en el compromiso de una raza vigente
con el cielo en los lagos todo el viento en la voz.
Con una fe de siempre nutriendo primaveras
y un paisaje de tiempo que me llenó de amor.

Me bauticé en la gloria del agua cantarina
venida de la nieve divino manantial;
y en la Pehuenia madre nací, su flor extraña,
que al soñar lejanías eché la vida a andar
.[6]


Tu mano raspó mi piel, mi tórax tiene grietas de sangre estancada. Siento parcialmente, sólo algunas partes. Siempre todo a medias. Las mitades. Me molesta esta vida disociada de dos ciudades, dos calles, dos casas. Aborrezco las medianeras, medialunas y mediasombras. Tener que abrir seis puertas para entrar en mi casa y permanecer a 25 metros de la vereda. Tres paneles de metal y unos rombos de alambre son el proyector intermitente de las mismas cuatros puertas de madera que aparecen y desaparecen hasta acercarme a un cielo cromáticamente invertido: de día gris, de noche naranja.

Neuquén seco o Buenos Aires húmedo, mis manos siempre traspirarán, la perpetua mediación del agua entre mi dermis y las demás. El contacto del tacto con agua. Cuando absorbo a alguien y se colman mis rincones siento la presión del amor amenazando mis cavidades. No es el objeto amado el mortal, soy yo el sujeto del amor y la muerte. Cuando he de regresar desearé no haber estado acá… cuánto miedo da amarlos así.


VII


Hace días que despierto
sintiendo que es tu mano la que me despierta.
Dibuja telarañas en mi nuca
algo rueda, casi baila,
tal vez seamos vos y yo
pliegues y repliegues
de una sábana
de mi piel
¿en cual te estas escondiendo?
(yo no quiero encontrarte)
Hace días que despierto
sintiendo que es tu mano la que me despierta.
Hace días que no quiero despertar,
sé que no estás acá.[7]


Tendida. Ahí quedé. Hay momentos en que me sacude la necesidad de no levantarme nunca más, quedarme placidamente suspendida, ver el techo para imaginar el cielo. Busqué zafarme de tus piernas. He buscado la manera de salirme: podría delinquir e ir a la cárcel, pero no me animo; enloquecer e internarme en un neuropsiquiátrico, pero aún no llego; he pensado en la enfermedad sus sábanas blancas, un camisón celeste, una aguja alimentándome, alguien que me cuide, visitas sobre mi cara… pero me da tanto miedo. A menudo entonces me regalo despertares contra la almohada. Siempre dormí toda cubierta, el terror a que mi piel quede expuesta al peligro me ha llevado a descubrir moléculas de oxígeno entre los últimos recovecos de la tela. Me gusta despertarme con el sol, la luz – el Limay – pero que el día me encuentre como un bicho-canasto, ninfa enroscada. Cuando era chica programaba cada sueño, no me atrevía a dejarle a la oscuridad el don de depararme la noche. En ese entonces creía en Dios y cuando la madera del techo de mi casa crujía hojas pisoteadas o los árboles susurraban su pena en el viento, yo deseaba soñar con él, pero como nunca supe rezar, lo llamaba repitiendo incesantemente “luz luz luz” y mi mente se volvía un magma de imágenes: un pajarito blanco, una estrella, azúcar, Dios.

Pero eso era antes. Hoy me regalo mañanas de fantasía y la única fuerza que me rescata del laberinto de almidón es una intensa retracción del esternón que me arquea los hombros hacia el ombligo y separa mis vértebras hasta los extremos de mi resistencia, entonces me suelta, me hace rebotar contra el colchón y me hallo de pie: hoy tal vez me enamore.


[1] A mí

[2] A Belén

[3] A Ignacio

[4] A Juanpi

[5] A Buenos Aires

[6] Reversión del Himno de Neuquén

[7] A Hernán.




[FOTOS]

Belén por Lucía

Lucía por Lucía






















2 comentarios:

Mevienealpelo dijo...

lu,
sos increible.
es hermoso lo que escribiste.
te quiero.
Yo, Lauri.

Mevienealpelo dijo...

Desde el fondo del sueño,
Como un puño iluminado
Que emerge de la criatura solitaria que duerme,
Surge la voluntad irresistible
De continuar la narración.

No se trata de contar esto o aquello,
Ni de copiar o traducir
O sonsacar la vigilia acorralada.
Se trata de una pulsión mucho más fuerte
Y que no puede interrumpirse:
Simplemente seguir la narración.
La narración que no empezó ni concluirá,
La narración que no es un género
Y no enlaza una intriga.
Imágenes que corren como un rio,
Tomándose y soltándose,
Extraña forma de decir y desdecir
Por atrás y por delante de las cosas.

Voluntad de continuar la narración,
Energía suelta en el aquí de todas partes,
Que no distingue entre las vidas y las muertes,
Entre ser hombre u otra cosa.

Es la historia que transcurre desde el fondo,
La historia con historia y sin historia
Que reúne en un ramo sin lazo
El aroma del ser
Y la fragancia de la nada.

El servicio que se le pide al hombre
Es nada más que continuar la narración,
Con cualquier argumento.

O también sin ninguno.

Roberto Juarroz.


Lo tenía marcado hacía un tiempo sin saber a quién regalrsela. Sos vos la indicada. espero entiendas por qué...